De vez en cuando nos conviene reflexionar
sobre actitudes, clichés y problemas que desgraciadamente vienen de la mano de la
sociedad occidental. El alcoholismo es uno
de ellos. Una realidad que todos los sábados-noche podemos ver por las calles, y que preocupa, ya
que beber se ha convertido en un ritual que nos impide ver más allá del verdadero
problema que trae consigo esta droga legal.
Me gusta que el
séptimo arte sirva como instrumento para concienciar. Y de manera certera lo consigue el director Blake
Edwards en Días de vino y rosas, un excelente
melodrama dotado de un realismo etílico.
Jack Lemmon y Lee Remik se enfrascan en una angustiosa aventura por el cuerno
de Baco. Una aventura sin idealismos, donde el rostro del alcohólico es de un alcohólico
y donde las tempestades que conlleva la Ilíada que protagonizan los
dos actores son las resacas, producto del vicio y la insatisfacción de la clase
alta. A la batuta, el sin par Henry Mancini deleita esta alcoholizada
historia de amor y odio con la canción Days of wine and roses.
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